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EN EL AIRE
Ha caído la noche sobre este día terrible. Entran por la ventana un rumor de árboles, el incansable canto de un grillo y el chapotear de la fuente en la plaza.
Para dejar de estar sola enciendo la radio.
Descubro que soy de esos que en la oscuridad de un insomnio telefonean a programas para radiodifundir sus zozobras. 
Acabo de contarlo todo. En directo y sin titubear. Todo. 
Tristán y Elsa, dos desconocidos que hoy tampoco duermen bien, entran en antena para animarme.
Son las cuatro de la madrugada, las tres en canarias. Los pitidos de la señal horaria resuenan acogedores.
Bostezo. 
Sí. Bostezo. 
Por fin bostezo. 
Al fin este día terrible va a rendirse a los sueños.


©Laura Rivas Arranz Fotografía: LubosHouska (pixabay.com)
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Expediente X: This, episodio 2 temporada 11

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Expediente X ha crecido tanto que se ha hecho mayor. Sus guionistas, sus directores, sus protagonistas, sus seguidores, todos somos más viejos. Scully y Mulder también.

En “This” deambulan por un cementerio en la oscuridad de la noche. Pero esta noche no les persiguen ni los vampiros ni los zombis. Esta noche, entre las tumbas de personas que conocieron, les persigue la nostalgia y el asombro :
—Todo lo que teníamos ha pasado. ¿Cómo ha podido ocurrir? —exclama Mulder.


“¿Qué nos ha pasado?”, se preguntará Skinner poco después…
Al oscuro paseo entre tumbas y nostalgia le sigue una preciosa mañana luminosa, y Scully y Mulder bromeando y comiendo muffins en un cibercafé.
Existe la muerte, la oscuridad, las pérdidas pero también los días soleados, muffins muy ricos, cafés compartidos, chistes muy tontos que increíblemente nos curan tanto de todo que habría que investigarlos.
El episodio se construye sobre estas contraposiciones desde el comienzo. El sueño relajado de los dos agentes, la…

Estrellarse

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ESTRELLARSE
Caer no es un accidente. Es un acontecimiento inevitable que antes o después ocurre a todos. Nos lo repiten siempre los monitores de caída libre. Me matriculé porque debo aprender a caer.
Lo más importante es proteger la cabeza, y rodar para no romperse en dos con el impacto.
Lo recito obsesivamente ahora que estoy cayendo. Ahora que voy a estrellarme contra el fondo, porque la gravedad a mi alrededor es insostenible.
Ahora que mi caída se ha vuelto innegable y vertiginosa, no estoy segura de saber proteger la cabeza sin perderla.
No quiero perder la cabeza. La cabeza no.
Allí abajo, en lo hondo, entre el dolor, la oscuridad, la confusión y el desasosiego, dudo si seré capaz de rodar sin resistencia con calma y valor.
Miro a mi alrededor, como si fuera posible sujetarme a algún saliente y detener el descenso. Quedaría suspendida automáticamente si esto fuera un examen. No lo es. Caigo. De verdad caigo.Y no debo desproteger la cabeza intentando asirme a cosas que no existen.
Negro.…

La nube

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LA NUBE
Hace ocho días tomé la decisión de salvar nuestros moribundos vídeos VHS. Hoy he ido a buscar el resultado a la tienda de fotografía. Los vídeos familiares caben ahora en una memoria USB. Y sobra espacio. La ventaja es que puedo subirnos a todos a una nube para que nunca desaparezcamos. 
Ahora mismo, en la pantalla del ordenador, está mi madre charlando. Sonríe mirando al cámara. Le devuelvo la sonrisa. En esos planos todavía sabe cómo hacer una tortilla y quién soy. 
De fondo se oye la voz de mi padre muerto. Maldito testarudo que apenas sales en los vídeos. No escaparás. A ver si crees que vas a poder irte del todo. 
Mi hermano consigue meterlo en plano. 
No sabemos nada de mi hermano desde hace más de un año. Siempre fue así. Centrado en él mismo, desentendiéndose de todo. Egoísta.
La cámara se mueve ahora tan bruscamente que marea. La hemos cogido mi hermana gemela y yo. Estamos disfrazadas de zombis y acabamos de cumplir diez años. Nos quitan la cámara. Las niñas zombi me…

Valentina está decidida a matarse

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VALENTINA ESTÁ DECIDIDA A MATARSE
El reloj de la catedral da las ocho de la tarde. Valentina cierra los ojos como si pudiera amortiguar de ese modo el estruendo de las campanas. Tan cerca está de ellas que podría rozarlas con sólo salir del escondrijo y caminar dos pasos.
El vigilante acaba de subir a comprobar que en lo alto de la torre no queda ya nadie. No ha visto a Valentina. Está encogida, detrás de una gárgola con cuerpo de pájaro, cabeza humana y la boca muy abierta en torno a un grito mudo, tenebroso e inmenso.
Valentina sabe mucho también de gritos silenciosos y de sufrimientos como piedra.
Está decidida a matarse.
Cuando todo esté en calma, saltará de la torre. Todos los sufrimientos y todos los gritos se harán por fin pedazos. Qué gran descanso.
Veinte horas y cuarenta y cinco minutos por su reloj de pulsera.

Se incorpora y camina hacia la balaustrada de piedra.
Lejos, casi al ras del río, el sol inunda la tarde en resplandores amarillos y naranjas. Se van rosan…

Apocalipsis zombi

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Apocalipsis zombi
Limpiar la habitación propia entraña peligros tan grandes, que sólo los más valientes guerreros dan un paso al frente y se atreven a adentrarse en la zona armados de aspirador, fregona y plumero. Cuando los ácaros anidan en los recuerdos, les confieren un peligroso aspecto inofensivo. Esto yo no lo sabía. Lo he comprendido ahora, cuando he desempolvado una vieja novela negra de juventud, y he caído en la emboscada de abrirla.
A unos tres párrafos del comienzo me he detenido a echar cuentas: habrán pasado veinte años desde la última vez que toqué el libro. Qué poco imaginaba yo entonces, cuando lo guardara aquí, que antes de que volviera a hojearlo tendrían que pasar veinte años y un fin del mundo que todavía no logro asumir.
Ahora que todo ha cambiado; ahora que los monstruos del desván existen; ahora que sobran razones para saber que la mutación de un virus zombi acabará arrasándome la vida; ahora que “casa” es lo mismo que “al raso”;  ahora que no estoy a salvo, r…

Robo en la biblioteca

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Robo en la biblioteca El 2 de septiembre de 1984, alrededor de las 23:35, los vecinos de la calle Libreros escucharon un estruendo tan grande como una bomba, tan vibrante como un seísmo, tan aterrador como una muerte. La casa abandonada del número 13 se había venido abajo. No hubo que lamentar más desgracias personales que el susto inicial. Sobre el derrumbamiento fueron cayendo los años, sin más obra que la construcción de un muro para encerrar a la casa desmoronada. Donde la calle Impresores corta con la de Libreros, la construcción del muro es tan incorrecta que las grietas han degenerado en boquete, por el que cualquier niña intrépida puede colarse sin problemas. Morgan lo sabe bien. Hay que meter primero una pierna, luego la cabeza y el resto es fácil. Apenas hay que andar quince pasos, para que la suela de sus zapatos de charol repiqueteen sobre lo que fue el piso de la biblioteca. La casa ha sido saqueada tantas veces, que lo único que quedan son libros… Los libros que t…

Alien in love

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ALIEN IN LOVE
DATO NÚMERO 1 La Fundación sin ánimo de lucro de Investigaciones Parapsicológicas tiene su sede muy cerca de mi casa, donde la avenida de los Novios cruza la calle Oscura.

DATO NÚMERO 2 Hace aproximadamente un mes, entró por mi ventana una octavilla envuelta en ráfagas de viento de Poniente. Era una alerta a la población en letras muy negras, mayúsculas y sombrías:

El planeta tierra está infestado de alienígenas. No han venido en son de paz. Su primigenia misión de someter el mundo entero ha fracasado a la luz de nuestro sol y la presión de nuestra atmósfera. El planeta Tierra es tan impredecible que tampoco ellos lo pueden dominar. La estrategia alienígena ha dado por tanto un vuelco irrevocable de lo global a lo individual. Ahora, la meta existencial del alienígena no es otra que someter hasta la esclavitud al ser humano que habite en su entorno más cercano.

El peligro para todos nosotros es extremo debido a la invisibilidad de su presencia en el planeta. Ellos se pare…

Órbita marciana

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ÓRBITA MARCIANAEl 19 de noviembre, la sonda espacial MRO orbita Marte en un cielo color caramelo. A quinientos millones de kilómetros de allí, Ingrid  sale a llorar al jardín. Lleva zapatillas y el abrigo sobre el pijama.  Quinientos millones de kilómetros por encima de ella, la sonda espacial cumple órdenes de calibrar el instrumental de la cámara. Desde la órbita marciana, captura un hermoso y azulado instante del planeta tierra. El mismo instante en el que Ingrid camina sin que la asusten el frío, la oscuridad ni la niebla hasta la mata de hierbabuena, y contempla entre lágrimas un cielo amoratado.

©Laura Rivas Arranz
Fotografía: twit de @NASASolarSystem publicado el 6 de enero de 2017

Función de navidad con niebla

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FUNCIÓN DE NAVIDAD CON NIEBLA
Siempre hay una primera navidad sin navidad. Un primer árbol sin luces, un fin de año con trece uvas, un primer altavoz que dispara a bocajarro el primer villancico que hiere... Después, ya todas las navidades son teatro obligatorio interpretado para otros.
Zoe piensa en ello, sentada en el interior del autobús con la cara vuelta a la ventanilla. Mira con recelo las dársenas de la estación acercándose. Se fija en la niebla que flota alrededor de las farolas encendidas.

El autobús se detiene.

Zoe respira profundo. Va dejando que ocupen el pasillo los demás viajeros. Está reuniendo fuerzas para ponerse en pie, el abrigo, la bufanda, recorrer el camino hasta la puerta y desembarcar sin remedio en la nochebuena que se le viene encima.

Cuando se asoma al maletero, su equipaje está ya esquinado y solo. Para recuperarlo, hunde medio cuerpo en las entrañas del autobús con soltura, como si no estuviera calculando la posibilidad de que la puerta abatible se le pueda …

Pensamientos de novelera

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Noche de fantasmas

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NOCHE DE FANTASMAS
Tras el relámpago la casa entera vuelve a hundirse en la oscuridad. Ruidos extraños que vienen del cuarto de atrás desaparecen en el estallido de otro trueno. Me hago fuerte en el rincón del teléfono blandiendo la linterna con firmeza. He colgado el auricular descorazonada. Los técnicos de la compañía eléctrica trabajan ya en mi zona para restablecer cuanto antes el suministro, pero me lo ha dicho una voz grabada con la que ha sido imposible compartir ninguno de mis miedos: que la luz tarde en volver y yo deba sobrevivir en la oscuridad durante horas; que sigan los ruidos extraños del cuarto de atrás. Golpecitos irregulares que ya vuelven a sonar ahora.

Camino nerviosa. Tropiezo con la mecedora de mi abuela muerta. Me siento para no caer. La linterna enfoca el perfil rocoso de una isla al óleo abandonada en un mar de lienzo en blanco, que imagino embravecido. Otro relámpago ilumina la habitación. Todas las mañanas me levanto pensando que hoy será el día en que me ar…

Nota para una historia de Halloween

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Manual para una despedida

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MANUAL PARA UNA DESPEDIDA
El día que me quedé huérfana de padre tuve que beber dos coma ochenta y cinco litros de agua mineral, para tragar la certeza de que morir repentinamente le impedía a mi padre volver a casa esa tarde y cualquier tarde. Lo comprendí bien, pero esa tarde y las mil cuatrocientas veintiocho tardes que la siguieron, cuando oía que se abría la puerta del ascensor, no podía evitar el desaliento al no escuchar a continuación las llaves de mi padre en la cerradura.

No pude evitar contar esto a la administrativa que selló mi impreso de matrícula en el curso primero de la escuela de la vida más cercana a mi área de residencia.

Cuando la escuela de la vida se salió del país de las metáforas y tomó cuerpo en edificios con aulas, pasillos, conserjería y secretaría, reconozco que arrugué la nariz con desprecio e incredulidad. Sí hombre, a estas alturas, qué me va a enseñar a mí esa gente…

Pero nunca digas de este agua no beberé.

—Me convalidarán casi todo lo del primer año, ¿ve…

Claros del bosque

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Claros del bosque
Cayó la noche hace tanto tiempo, que pienso con demasiada frecuencia en los últimos rayos de sol que me templaron la vida.

Era jueves. Caminaba por la Avenida de Poniente. Crucé a la acera de las sombras con despreocupación, como si la luz del sol fuera a estar para siempre al otro lado. Entré en aquella oficina asfixiante y llena de gente silenciosa. Esperé mi turno. Me entregaron un sobre. Al abrirlo se formó una atmósfera de nubarrones y desgracias, que desde entonces acorralan ya siempre a una luna menguada. La vida oscureció.

Me desorienta tanto esta oscuridad, que aún no me explico cómo terminé adentrándome en este bosque; cómo no di media vuelta cuando aún estaba a tiempo; cómo acabé vagando entre estos árboles negros, estas ramas huesudas, este frío nocturno, estos pájaros sin empatía que gorjean canciones a pulmón pleno en mitad de mis noches.

Miro las nubes negras. Otra vez enterrarán hoy lo que me queda de luna. Estallará otra tormenta.

Respiro profundo. H…

Más acá, monstruos

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MÁS ACÁ, MONSTRUOS
Los niños saben que los monstruos existen.

Los intuyen bajo la cama, entre las pelusas que papá nunca barre.

O en la oscuridad del armario, donde se esconde de mamá el jersey nuevo con manchas de rotulador verde.

Los gruñidos de los monstruos suenan de noche, entre murmullos de mamá y papá planeando internar en un centro a la abuelita.

La abuelita, que antes del Olvido era la única que sabía poner sin prisa los zapatos a los niños.

Los monstruos existen.

Lo saben los niños.



©Laura Rivas Arranz. Fotografía: thisguyhere, pixabay . com

Don Quijote contra las píldoras blancas

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Don Quijote contra las píldoras blancas Alonso Quijano se apoya en el respaldo del asiento trasero del coche. Baja la ventanilla. Le conforta respirar el mismo aire que revuelve un encinar en el lado oeste de la carretera.

Descubre al noroeste un gigante sacudiendo al sol sus brazos de siete leguas. Alonso Quijano lo contempla sin una punta de inquietud. Sin que del corazón salga el menor latido aventurero. Sin miedo ni valor ni esperanzas. Alonso Quijano contempla al gigante y no puede sentir nada.

—Es un molino y no un gigante, tío, que nos conocemos.

Mira a su sobrina al volante. Identifica el tono que da a las advertencias terminantes, y prefiere no discutir nada. Total, para qué. Las sombras alargadas de los gigantescos brazos se meten en el coche, y Alonso Quijano sólo puede sentir desinterés. El mismo que provocarían los giros monótonos de cualquier molino. Qué más da ya gigante que molino.

Alonso Quijano tiene ganas de llorar. Se aleja de la ventanilla.

—¿Qué te pasa?…

Cinderella 2.0

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CINDERELLA 2.028 de abril de 2016
Me han despertado los chillidos de los vencejos. 

Por fin. 

Por fin. 

Por fin he abierto los ojos con la certeza de que si mi hermanastra tiene una inundación, yo no estoy obligada a achicar su agua.

La leche de mi desayuno se convierte en humo y vuela por la cocina. Abro la ventana. El sol me ilumina. Se me calienta la sangre al pensar que si mi hermanastra vive al aire y libre es porque yo estoy encarcelada entre sombras y cenizas.

Miro resentida los pájaros presos que habitan una jaula en el balcón de enfrente.

Miro resentida el avellano sin flores, sin hojas, sin magia, sin vida, sin el menor encantamiento.

Miro resentida las trampas para ratones repartidas por las esquinas del patio.

Miro resentida, sobre la encimera, la calabaza que he de convertir yo sola en puré.

Colorín colorado: para que mi hermanastra viva no voy a seguir muriendo yo.

Ha llegado la guerra. Ha estallado la Primavera.

Todavía guardo un zapato de tacón y cristal en el fondo…

La menguante luz de un cuarto de luna

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La menguante luz de un cuarto de luna
La nevera sin cena me obliga a salir esta noche. Y no quiero. Esta noche no. Maldita nevera. Maldita cocina. Maldito mi caos doméstico salvaje.

No hay remedio. Respiro profundo y me pongo el bolso a lo bandolera. Sin más preparativo ni defensa abro la puerta.

Me adentro en esta noche que huele a bosque bajo un cuarto de luz de luna que mengua entre los árboles de la plazuela.

No hago caso a la hojarasca en lo alto balanceándose.

No hago caso a los rayos menguantes zambulléndose en el gorgoteo de la fuente.

No hago caso.

Entro en el veinticuatro horas, rebusco entre los estantes, hago una cola breve, el cajero me tiende las bolsas y me da las buenas noches.

También yo se las doy.

Aunque no son buenas.

Las noches de cuarto de luna no tienen gota de bondad. Todo es fuga.

Sin remedio echo a andar por una vieja avenida que ya no existe. El kilo de naranjas, el litro de leche y toda la realidad de la avenida verdadera me dejan de pesar.

Un aire repentino y ant…

Isla Veintidós

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Isla Veintidós
Los destierros en la isla Veintidós son el peor destino de cualquier sueño. Cualquier sueño que haga escala en la isla es un mal sueño. 

Pero la isla Veintidós no es más que un sueño. Eso dicen...

Por las noches, cuando llega el silencio y ululan las lechuzas, si tengo la fortuna de hallarme en casa, cierro bien puertas y ventanas. En la cama, a cubierto bajo las mantas, cuando el reloj de la torre ahuyenta el piar de los murciélagos con doce campanadas, yo hago un acto de fe, miro a través de la oscuridad el techo, y siempre rezo lo mismo: por favor, por favor, no permitas que me despierte en la isla Veintidós. Por favor. No lo permitas.

El amanecer en la isla Veintidós comienza a las 6:47 a.m. Lo tengo comprobado, Ni un segundo antes ni uno después. Da igual si es verano o si es invierno. Todo da igual en la isla Veintidós.

Siempre te despierta temprano el escalofrío de la niebla. Te resistes a abrir los ojos porque aún confías en el malentendido: aunque sea un despert…

Lo que digan los artificieros

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LO QUE DIGAN LOS ARTIFICIEROSCuando los artificieros dictaminaron que el costurero de la bisabuela era una bomba, me dio la risa. 

La primera vez que explotó y me voló un día entero, caí en crisis de llanto. De los artefactos explosivos parentales no te puedes desatar.

Ahora sigo al milímetro las recomendaciones de los artificieros. 

Qué otra cosa puedo hacer... 

Y con todo, explota. 

A veces, el costurero explota.

Y me vuela días enteros. 

Yo recojo los restos de mis días muertos, procuro aprovechar con discreción los demás, y sigo al milímetro las recomendaciones de los artificieros. 


©Laura Mª Rivas Arranz
Fotografía: Fclaria (morguefile.com)


Precipicios de interior

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PRECIPICIOS DE INTERIORSalí de casa con el optimismo absurdo que incubo siempre al final de los fríos. Del invierno quedaba apenas alguna rama desnuda en plataneros perezosos.
Lo primero que noté fue que perdía pie y todo contacto con el firme de la calle. Comprendí que el suelo se había abierto bajo mis pies.
Aquel lunes, alrededor de las once, con la ciudad llena de sol y de olor a bosque, caí en el agujero.
Nos habían avisado de la extraña epidemia por televisión, por internet, por radio. Recomendaban que nos moviéramos con precaución. Pisando sólo tierra muy firme. 

Como si fuera tan fácil.
Mientras caía no tuve miedo. Sólo recuerdo incredulidad. Lo que hasta ahora siempre le había pasado a otros me estaba ocurriendo a mí.
Ahora habito como puedo este subsuelo húmedo y oscuro.
Allí arriba, donde el aire y el sol, se ha quedado algo parecido a mí que no puedo ser yo porque yo estoy aquí abajo.
Mi familia, mis amigos me hablan como si estuviera normal. Pero estoy abajo. Donde ni el a…